Sin seguridad no hay educación: la verdad incómoda que Chile evitó por años

ELPROA
El Diario de San Antonio

Chile ha llegado a un punto en que lo esencial ya no admite postergaciones: no hay aprendizaje posible donde no existe seguridad. El avance del proyecto de ley “Escuelas Protegidas”, aprobado en abril de 2026, no es un gesto desmedido, sino una respuesta necesaria frente a una realidad que ha tensionado profundamente a nuestras comunidades educativas. Volver a garantizar que estudiantes, profesores y familias habiten la escuela sin miedo no es una aspiración idealista, es el punto de partida de toda experiencia educativa.
Medidas como la revisión de mochilas, el control de acceso o la regulación de elementos peligrosos deben comprenderse desde esa urgencia. La evidencia internacional ha sido consistente en señalar que los climas escolares seguros son condición para el aprendizaje y el bienestar (OCDE, 2022; UNESCO, 2023). Asimismo, el propio Ministerio de Educación de Chile ha insistido en que la convivencia escolar es un pilar formativo que exige resguardo y prevención. En este marco, avanzar en estas medidas no solo es legítimo, sino impostergable.
Sin embargo, proteger la escuela no puede significar desdibujar su propósito. El riesgo no está en la medida, sino en su implementación. Si el profesor —ese profesional que educa,transforma y despierta pensamiento crítico— termina absorbido por funciones de control, la escuela comienza a perder su sentido más profundo. El docente no puede ser desplazado hacia la vigilancia, porque su tarea es otra: formar, inspirar, abrir horizontes. Cuando eso se olvida, el costo es silencioso, pero devastador.
Por ello, este proyecto debe abrir un debate más amplio y necesario: la escuela no puede ni debe estar sola. La seguridad es una tarea colectiva. Requiere de una articulación real con Carabineros, desde la prevención y la presencia territorial; con las municipalidades, acompañando a los equipos directivos en decisiones complejas; y con los sostenedores y los SLEP, garantizando recursos y personal administrativo que permitan implementar estas medidas sin sobrecargar a quienes enseñan. No se trata solo de normas, sino de condiciones. No se trata solo de exigir, sino de sostener.
En esta trama, la familia ocupa un lugar irremplazable. La escuela no puede educar en soledad. Cuando el hogar se desentiende o cuestiona sin comprender, la convivencia se fractura. Apoyar las decisiones del establecimiento, reforzar el respeto y comprender que estas medidas buscan prevenir y no castigar es parte del compromiso formativo. Educar es, en esencia, una tarea compartida.
Chile tiene hoy la oportunidad de avanzar con decisión, pero también con inteligencia. Proteger la escuela no es convertirla en un espacio de control, sino en un territorio cuidado por todos, donde el profesor pueda volver a ocupar el centro de su vocación: educar y transformar vidas. Si logramos que la seguridad no desplace a la educación, sino que la sostenga, entonces no solo estaremos respondiendo a una crisis, sino construyendo con esperanza una escuela más justa, más humana y verdaderamente preparada para el futuro.

Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB