La escuela del fútbol

Hablar de fútbol es hablar también de educación, de una más “antigua”, de una elemental: aprender a convivir con otros. En una cancha, incluso en la más precaria, niños y niñas aprenden algo que la escuela intenta enseñar todos los días: esperar un turno, apreciar al compañero, aceptar una regla, discutir una falta, perder sin destruirse, ganar sin humillar… enseña a volver a intentarlo, una vez más.
Por eso el fútbol importa, sobre todo allí donde la vida ha sido interrumpida por la guerra, el desplazamiento o la pobreza, porque una pelota no es solo una pelota cuando aparece en un campamento de refugiados, en una escuela sin patio suficiente o en un barrio donde la infancia ha tenido que crecer demasiado rápido.
Varios documentales han mostrado esa dimensión educativa del fútbol: Más que un refugiado, impulsado por la Fundación FC Barcelona y ACNUR, sigue a jóvenes desplazados que encuentran en el deporte una forma de pertenencia y futuro. Captains of Zaatari, de Ali El-Araby, acompaña a dos adolescentes sirios que sueñan con ser futbolistas profesionales, pero lo que vemos es el aprendizaje de la esperanza, disciplina y amistad. The Football Kids of Azraq vuelve la mirada sobre niños sirios en Jordania, donde el fútbol ayuda a reconstruir una rutina en medio del caos. Recientemente, Children of the Field ha insistido en que este deporte puede funcionar como apoyo social, memoria comunitaria y espacio de pertenencia para niños y jóvenes.
La literatura también ha percibido esa escuela invisible del fútbol; por ejemplo, Eduardo Galeano, en El fútbol a sol y sombra, hace una defensa del juego como memoria popular y belleza compartida. Desde ahí permite pensar una educación menos obsesionada con el rendimiento y más atenta a la imaginación, el cuerpo y la alegría. En otra clave, El equipo de los sueños, de Sergio Olguín, acerca esa pregunta al mundo juvenil: fútbol, escuela, barrio, amistad y desigualdad, aparecen entrelazados en una historia donde crecer también significa aprender a leer los peligros y las promesas del mundo.
Incluso el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, señaló que una parte decisiva de lo que sabía sobre moral y obligaciones la había aprendido en el fútbol, o más precisamente, en esos años de deporte compartido que fueron para él una verdadera escuela de vida. Quizás porque en la cancha se aprende que nadie juega solo, y que perder exige carácter y ganar, respeto por el otro.
En el Mundial veremos goles, polémicas, celebraciones, banderas, pero sería bonito también mirar esos otros partidos, los que no tienen transmisión oficial: los que se juegan en patios escolares, en campamentos, barrios, canchas de tierra o sobre el cemento quebrado. Allí el fútbol vuelve a ser una pedagogía popular: una manera de aprender a ser comunidad.
Y si bien una pelota no repara una casa destruida, no detiene una bomba, no reemplaza una escuela, puede hacer algo no menor: reunir a los niños, devolverles el derecho al juego, recordarles que su cuerpo no nació para huir ni para resistir. También nació para correr, imaginar, celebrar, equivocarse… para volver a empezar.
Nibaldo Acero Académico Instituto de Educación y Lenguaje Universidad de Las Américas











