El aula aumentada: IA, equidad y el derecho a aprender

Hay una imagen que lo resume todo: un profesor corrigiendo treinta pruebas a medianoche, mientras sus estudiantes duermen sin saber que la retroalimentación llegará, con suerte, la semana siguiente. Fría, masiva, tardía. El aprendizaje, que es un proceso vivo e individual, habrá esperado. La Inteligencia Artificial (IA) no puede reemplazar a ese docente. Pero sí puede devolverle tiempo, precisión y presencia pedagógica real.Y puede hacer algo más profundo todavía: poner en manos de los estudiantes que menos tienen el mismo acceso al conocimiento que siempre estuvo reservado para los que han tenido mayores oportunidades.
Ese es el argumento de fondo que los organismos internacionales han documentado con los siguientes datos: Según TALIS 2024 de la OCDE, la mayor encuesta docente del mundo, con 280.000 profesores de 55 sistemas educativos, el 41% del profesorado global usa IA en su práctica cotidiana, principalmente para planificar clases (64%), resumir contenidos (68%) y diseñar actividades. En Chile, Brasil, Colombia y Costa Rica, uno de cada dos docentes ya incorpora estas herramientas, superando el promedio OCDE. Como señala Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE: «los docentes que sepan usar la IA reemplazarán a los que no.»
La UNESCO va más lejos y sitúa la equidad en el corazón del debate. Su mandato establece que la IA debe contribuir a resolver las desigualdades en el acceso al conocimiento, y su Guía para el uso de IA Generativa en Educación (2024) afirma que la promesa de «la IA para todos» debe permitir que cada estudiante, independientemente de su origen, territorio o condición, acceda a los frutos de la revolución tecnológica. En 2026, la UNESCO lanzó en Santiago el Observatorio de IA en Educación para América Latina, reconociendo una doble urgencia: seis de cada diez estudiantes de sexto grado no alcanzan niveles mínimos en lectura y matemáticas, y más del 50% de los docentes en Chile ya usa IA, aunque menos del 10% de las instituciones cuenta con directrices formales para hacerlo con criterio pedagógico.
Aquí está el punto de inflexión. La IA no es en sí misma un igualador; puede ampliar la brecha si no va acompañada de orientación docente. Pero cuando ese acompañamiento existe, los resultados son notables. En Chile, el Ministerio de Educación publicó en 2025 la guía PotencIA el Aprendizaje, que reconoce explícitamente este potencial democratizador y propone al docente como mediador indispensable: no es la IA la que enseña, sino el profesor que usa la IA para enseñar mejor. El desafío no es menor. En zonas rurales chilenas, el 62,6% de los hogares tiene conexión fija, y la brecha entre lo urbano y lo rural sigue siendo real. La tecnología no resuelve por sí sola lo que las políticas públicas no han resuelto. Pero cuando hay voluntad pedagógica, la IA puede convertirse en un puente entre el aula que existe y el aula que necesitamos: una donde cada estudiante, sin importar su código postal, tenga acceso a fuentes de conocimiento actualizadas, retroalimentación oportuna y un docente que, liberado de las tareas rutinarias, puede hacer lo que ningún algoritmo puede: mirarlos a los ojos y creer en su potencial.
La pregunta no es si la IA llegará a las aulas chilenas. Ya llegó. La pregunta es si vamos a usarla para cerrar brechas o para ampliarlas. Eso depende, como siempre, de las decisiones que tomemos como sistema educativo.
Alejandro Pérez, académico e investigador de Educación UNAB











