El profesor que no gritó de vuelta

ELPROA
El Diario de San Antonio

Imaginemos la siguiente escena: un niño de doce años le grita a su profesora delante de todo el curso. Le dice algo hiriente, de esas frases que buscan el punto exacto donde más duele. Lo que pase en los tres segundos siguientes va a importar mucho más de lo que cualquiera imagina en ese instante. La profesora puede gritar de vuelta, imponerse con la voz, recordar quién manda ahí. Puede mandarlo a inspectoría y desentenderse. O puede hacer algo más difícil, que es sostener el golpe sin devolverlo y preguntarse, aunque sea por un segundo, qué hay detrás de ese grito. Las tres reacciones son humanas, claro que sí. Y totalmente entendibles en ese contexto. Pero pienso que solo una enseña algo distinto de lo que el niño ya sabe.
Hablamos mucho de convivencia escolar, pero rara vez nos ponemos en el lugar del adulto que está parado al frente cuando la violencia aparece. Porque ese adulto no es una institución ni un protocolo: es una persona, casi siempre cansada, muchas veces sola, que acaba de ser agredida frente a treinta testigos y que tiene que decidir en el acto cómo responder. Pedirle que reaccione con calma pedagógica, que contenga y no castigue, que vea en el grito una señal y no una afrenta, es pedirle algo enorme. Y sin embargo, eso es exactamente lo que el sistema espera de ella, normalmente sin darle ninguna de las condiciones que harían posible esa respuesta.
Porque acá hay una soledad que se nombra poco. Cuando esa profesora decide no gritar de vuelta y, en cambio, conversar con el niño, indagar, quizás llamar a la familia para entender qué está pasando en casa, lo que muchas veces recibe a cambio no es respaldo, sino un reclamo. La familia llega molesta, no a preguntar qué hizo su hijo, sino a defenderlo, a cuestionar a la profesora, a exigir explicaciones por haberlo «expuesto». Y entonces el adulto que intentó hacer lo correcto queda doblemente expuesto: por el estudiante que lo agredió y por la familia que lo responsabiliza. No es raro que, después de un par de episodios así, esa misma profesora aprenda la lección y opte por el camino corto. Sancionar, derivar, no involucrarse. Protegerse. Porque cada vez que se involucró de verdad, salió perdiendo.
Y aquí ocurre algo que va más allá del malestar individual del profesor. Cada una de esas reacciones le enseña al niño algo sobre sí mismo y sobre el mundo. El grito de vuelta le confirma que el conflicto se resuelve con poder, que tiene razón quien grita más fuerte. La sanción fría le dice que su malestar no le interesa a nadie, que lo único que importa es que no moleste. La conversación, en cambio, le ofrece otra posibilidad: que lo que le pasa puede ser puesto en palabras, que es alguien con quien vale la pena hablar y no solo alguien a quien hay que controlar. El estudiante que grita no está pidiendo, casi nunca, que lo dejen hacer lo que quiera. Está probando si hay un adulto capaz de no romperse ni romperlo. Lo que descubra en esa prueba se va a quedar con él, porque va moldeando la idea que se hace de sí: si es alguien que solo provoca rechazo o alguien que, incluso en su peor momento, puede ser acompañado.
Conviene no idealizar al profesor ni convertirlo en un héroe que todo lo aguanta. No se trata de que reciba gritos con una sonrisa, ni de que la institución le exija una paciencia infinita mientras lo deja a la intemperie. Un docente al que se le pide contener la violencia de otros, pero que no encuentra quién contenga la suya, termina inevitablemente quebrado o endurecido. La pregunta incómoda no es por qué algunos profesores gritan de vuelta o se blindan tras el reglamento. La pregunta es qué tan razonable es esperar otra cosa de alguien a quien dejamos solo frente al fuego, sin respaldo de su colegio y con las familias dispuestas a caerle encima apenas se equivoca.
Vuelvo a esos tres segundos del comienzo, los que siguen al grito. Tendemos a mirarlos como una prueba para el niño, una ocasión para enseñarle a comportarse. Pero son, sobre todo, una prueba para los adultos que lo rodean, y no solo para la profesora que recibe el golpe. Son una prueba para el equipo que debería sostenerla, para la familia que decide de qué lado ponerse, para un sistema que repite la palabra convivencia y deja la parte más difícil en manos de una persona sola. El niño, al final, solo está esperando ver qué clase de mundo y de persona le responde. Felicitaciones a quien no gritó de vuelta.

Dr. Jaime Fauré, investigador de Psicopedagogía de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello