¿Por qué nunca alcanza el dinero? la angustia de llegar a fin de mes

ELPROA
El Diario de San Antonio

Lo bailado, comido y descansado en las pasadas Fiestas Patrias no lo quita nadie. Pero basta pasar la tarjeta en algún comercio y escuchar la alarma para que la alegría se difumine y llegue el cable a tierra con una pregunta que se ha vuelto costumbre nacional: ¿en qué se nos fue el dinero? Frente a esa incomodidad cotidiana surge otra interrogante, más profunda: ¿en qué momento aceptamos que vivir al día, contando las horas para que llegue el depósito, fuera lo normal?

La sensación de que el dinero no alcanza se ha instalado de manera permanente en nuestras conversaciones. El costo de la vida pareciera elevarse mes a mes, pero no ocurre lo mismo con los ingresos. Así, muchas personas cuentan los días que faltan para su remuneración, y cuando esta llega, se esfuma en cuestión de horas: se pagan deudas, se cubren compromisos, y en ocasiones es necesario decidir cuál privilegiar, cuál resulta más urgente, porque simplemente no alcanza para todo. Vivir de liquidación en liquidación no es un detalle administrativo; es una forma de angustia sostenida que organiza la vida entera de una familia.

A ello se suman aquellas situaciones que mejor ni invocar. Una urgencia de salud, un artefacto que se echa a perder, una reparación impostergable en la vivienda; cualquiera de ellas, desestabiliza un presupuesto que ya venía ajustado peso a peso. Esta realidad, se observa con una claridad incómoda, las familias no están mal administradas; sino que operan con márgenes que no admiten un solo imprevisto.

Las cifras confirman lo que se vive en los hogares. Desde el 1 de mayo de 2026 el ingreso mínimo mensual quedó fijado en $553.553 brutos para trabajadores de 18 a 65 años, alrededor de $450.000 líquidos. Con ese monto deben cubrirse transporte, alimentación, vestuario, vivienda, educación, salud y todo lo demás. Y este costo de la vida es radicalmente distinto según la ciudad o localidad que se habite y según la composición del grupo familiar. No es lo mismo una persona sola en una comuna bien conectada que una jefa de hogar con tres hijos en la periferia, pagando pasajes de ida y de vuelta cada día.

La ecuación se vuelve más frágil con el desempleo. La tasa de desocupación alcanzó 9,5% en el trimestre mayo-julio de 2026, su nivel más alto en cinco años, con cerca de 980.000 personas sin trabajo. En las mujeres la cifra llega a 10,3%. Son datos que desalientan y que ponen en alerta a todo un país, porque ojalá el desempleo no toque las puertas de las familias, sobre todo las más vulnerables, donde un solo ingreso sostiene a varias personas.

Este escenario plantea dudas de fondo: ¿es la solución enseñar a las familias a administrar mejor lo poco que tienen? ¿O será necesario revisar las condiciones estructurales que hacen que trabajar jornada completa no garantice vivir con dignidad? El endeudamiento de los hogares no puede seguir leyéndose como una falla individual ni resolverse con consejos de buena economía doméstica. Hay tareas pendientes que son de política pública; regular con seriedad el crédito de casas comerciales, que continúa siendo la puerta de entrada al sobreendeudamiento de los hogares más pobres; avanzar hacia un sistema nacional de cuidados que libere el tiempo de las mujeres; y discutir con honestidad la distancia entre el salario mínimo y lo que realmente cuesta vivir en cada territorio.

Necesitamos abandonar dos ideas instaladas; la primera, que soportar la escasez sin quejarse es una señal de mérito, y; la segunda que quien está endeudado simplemente no supo administrar. Ninguna de las dos resiste el contacto con la realidad de los hogares. Nuestra fortaleza como sociedad no radica en la resistencia silenciosa de quienes estiran el sueldo hasta lo imposible, sino en la capacidad de construir condiciones donde eso deje de ser necesario. Todas las personas, sin culpa, deberían poder darse un gusto y decir con tranquilidad “me lo merezco”. Que un fin de semana largo termine en angustia por lo que se gastó, dice más sobre el país que cualquier cifra. La pregunta, entonces, no es solo en qué se nos fue el dinero, sino por qué nunca alcanza.

Carmen Lamilla Almuna, directora de Trabajo Social Advance UNAB