La Catrina: la ironía del disfraz más buscado en Chile

ELPROA
El Diario de San Antonio

En Chile, poco a poco, hemos ido transformando la manera de vivir estos días que marcan el tránsito de octubre a noviembre. A la tradicional visita a los cementerios por el Día de Todos los Santos, se han sumado los disfraces de Halloween y, en los últimos años, algunas expresiones del Día de Muertos, de origen mexicano. Entre ellas, se ha vuelto popular maquillarse y vestirse como la Catrina, con el rostro convertido en calavera y la cabeza adornada de flores. Es más: una revisión realizada a partir de Google Trends revela que, en Chile, ha sido el disfraz más buscado. Esto revela una moda estética, pero detrás de esa imagen hay una historia que merece ser contada.
El origen de la Catrina se remonta a comienzos del siglo XX, cuando el grabador mexicano José Guadalupe Posada creó una calavera con un elegante sombrero de estilo europeo. La llamó Calavera Garbancera, en alusión a quienes, pese a su origen popular -como las vendedoras de garbanzos-, renegaban de ellos para imitar las costumbres y apariencias de las élites europeas. La calavera, despojada de toda distinción social, era una sátira de la pretensión y el arribismo: bajo el sombrero elegante y al final de nuestros días, todos terminamos siendo iguales.
Los grabados de Posada se difundieron en hojas impresas, acompañadas a veces de versos satíricos. Su intención no era crear un ícono turístico ni una figura decorativa para las celebraciones de noviembre, sino usar el humor y la muerte para desnudar las contradicciones de su sociedad. Décadas más tarde, el pintor Diego Rivera recuperó esa figura en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947), la vistió con aun más elegancia y, desde ahí, su fama creció hasta convertirse en la Catrina que hoy reconocemos.
El recorrido de esta imagen es revelador. Una crítica social terminó convertida en símbolo de identidad cultural y, después, en una figura reproducida en disfraces, maquillajes, souvenirs y celebraciones en todo el mundo. Es lo que suele ocurrir con íconos y tradiciones: son manifestaciones culturales vivas, que se transforman en el tiempo para adquirir nuevos usos y significados. Lo importante, sin embargo, es que reconozcamos que no son formas superfluas, sino que tienen sentidos históricos y culturales que vale la pena valorar.
Algo semejante puede ocurrir con estas fechas. Halloween se ha convertido para muchos en una ocasión para disfrazarse y divertirse, mientras el Día de Muertos se presenta como una celebración de colores y flores. Mientras tanto, el recuerdo de los difuntos, la reflexión sobre nuestra propia mortalidad y los vínculos que sobreviven a la ausencia corren el riesgo de quedar, a veces, en segundo plano.
La Catrina tiene todavía algo que decirnos. Su sonrisa descarnada nos recuerda que no podemos vivir de simples apariencias, pero también invita a reflexionar sobre los usos y sentidos que le otorgamos a esas tradiciones que heredamos o adoptamos: si nos limitamos a reproducir sus gestos o si nos detenemos a comprender lo que significan.
Las costumbres no necesitan permanecer intactas para conservar su valor, pero sí perviven cuando comprendemos y valoramos su historia. Si, en cambio, una tradición se reduce a su apariencia, aunque sea vistosa, popular y entretenida, corre el riesgo de convertirse en una celebración vacía. Y la Catrina, nacida para burlarse de las apariencias, difícilmente podría haber imaginado una ironía mayor.

María Gabriela Huidobro, académica de la UNAB y Tec de Monterrey