Gobernar es innovar

Chile discute qué reformas emprender y cómo financiar sus prioridades. Son preguntas indispensables. A ellas podríamos sumar otra, ¿cómo mejorar la forma en que nuestras instituciones enfrentan los problemas? Quizás gobernar, en nuestro tiempo, también consiste en innovar.
La innovación suele asociarse con tecnologías y emprendimientos. Pero también puede surgir cuando cambiamos nuestra manera de organizarnos, colaborar y decidir. Es posible incorporar herramientas modernas y mantener prácticas que merecerían revisarse. Algunas transformaciones comienzan cuando alguien observa un problema desde otra perspectiva.
En el Estado, esta distinción adquiere especial relevancia. Digitalizar un procedimiento puede agilizarlo; examinar cómo se conectan sus etapas y qué ocurre cuando una decisión depende de otra permite ir más allá. No se trata de reducir las responsabilidades públicas ni de prescindir de controles necesarios, sino de encontrar mejores maneras de cumplir esas funciones.
Una institución puede realizar correctamente su tarea y, sin embargo, formar parte de un proceso que no funciona bien en su conjunto. Mejorar cada parte por separado no siempre basta: importa también la relación entre ellas. Esa mirada permite pensar la gestión pública también desde la experiencia de las personas que utilizan sus servicios.
La economía del comportamiento ofrece una pista adicional. Las personas no siempre reaccionan como anticipan quienes diseñan una política pública. Influyen sus hábitos, expectativas, la información disponible y la manera en que comprenden las alternativas. Una solución sencilla en el papel puede ser difícil para quien vive otra realidad.
Algo parecido ocurre dentro de las propias instituciones. Sus equipos toman decisiones con información incompleta y desde responsabilidades diferentes. Dos organismos pueden compartir un propósito y, aun así, tener dificultades para avanzar juntos. Para colaborar no siempre basta con coincidir en el objetivo: también importa comprender qué necesita el otro y cómo nuestras decisiones afectan las suyas.
En esa disposición aparece lo que podríamos llamar innovación cognitiva. Consiste en revisar los supuestos con que interpretamos un problema, considerar perspectivas distintas y reconocer que nuestra primera explicación podría ser incompleta. No sustituye los conocimientos técnicos ni los recursos; puede ayudar a aprovecharlos mejor. A veces, antes de buscar otra respuesta, conviene preguntarse si hemos formulado bien la pregunta.
También hay valor en que una institución pueda probar soluciones, observar qué sucede y corregir lo necesario. Aprender de la experiencia no significa improvisar ni restar importancia a los errores. Supone evaluarlos con responsabilidad y reconocer que incluso una buena decisión puede necesitar ajustes.
Esta manera de entender la innovación tiene una dimensión social. Una mejora de gestión no vale solo por el tiempo o los recursos que ahorra. Importa también si facilita el acceso a la salud, a la educación o a las oportunidades de desarrollar una iniciativa propia. Y cuando los procedimientos resultan difíciles de comprender o utilizar, sus costos suelen sentirse con mayor fuerza entre quienes disponen de menos medios para sortearlos.
Desde esa perspectiva, la libertad individual y la preocupación por la justicia social no son caminos opuestos. La primera necesita espacios para crear, emprender y elegir; la segunda nos recuerda que no todos parten desde las mismas condiciones. Innovar puede ayudar a acercar ambas aspiraciones: hacer más fácil desplegar la iniciativa propia y, al mismo tiempo, conseguir que más personas tengan oportunidades reales de hacerlo.
La misma lógica se proyecta al desarrollo. Chile reúne conocimiento y experiencia en universidades, empresas, instituciones públicas y comunidades. La posibilidad de aprovecharlos depende no solo de lo que cada uno sabe hacer, sino también de su capacidad para encontrarse, compartir aprendizajes y construir soluciones en conjunto.
Quizás «gobernar es innovar» no sea tanto una invitación a multiplicar reformas como a cultivar esa capacidad de aprendizaje. Gobernar implica tomar decisiones, pero también revisar los supuestos que las sostienen, observar sus consecuencias y estar dispuesto a corregirlas. Porque el futuro de un país no depende únicamente de encontrar nuevas respuestas, sino también de conservar la disposición a hacerse mejores preguntas.
Rodrigo Carrasco Gaubert
Académico Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, U. Central











