“Si no apuesto, me aburro”: la nueva forma en que los chilenos viven el deporte

ELPROA
El Diario de San Antonio

Apostar se convirtió en el “segundo partido” de muchos chilenos. Antes bastaba el gol, el clásico o la camiseta. Hoy, para una parte creciente del público, la emoción parece incompleta si no hay una cuota, un “over” o un cash out de por medio. Y aunque suene exagerado, el volumen de usuarios y dinero detrás de los casinos online y las casas de apuestas deportivas ya no permite tratarlo como una moda pasajera.
Los números son elocuentes. Un informe citado por medios económicos en Chile, elaborado por la consultora YieldSec, estimó que en 2024 los ingresos brutos del juego online alcanzaron los USD 3.100 millones y que 5,4 millones de chilenos interactuaron con contenido de apuestas online, equivalente a cerca del 29% de la población. Ese dato, por sí solo, instala un cambio cultural: apostar dejó de ser un nicho y pasó a ser parte del consumo digital masivo.
La preocupación se vuelve aún más delicada cuando se mira a los jóvenes. Un sondeo del INJUV presentado junto a la Superintendencia de Casinos de Juego indicó que cinco de cada diez jóvenes entre 15 y 29 años han realizado una apuesta online al menos una vez en su vida. Y un estudio más reciente difundido por la Corporación de Juego Responsable reportó que un 14% de jóvenes apostó online en los últimos 12 meses y que un 11% de menores de 12 a 17 años también lo hizo en ese período. Es decir, la puerta de entrada no está ocurriendo en la adultez, sino en plena etapa escolar.
Desde el deporte, el problema no es solo moral o legal. Es de experiencia deportiva. Cuando una parte del público empieza a sentir que “ver deporte sin apuesta aburre”, el foco se desplaza: el partido deja de ser una historia colectiva y se convierte en un tablero de microeventos para ganar o perder dinero. Se celebra un córner como si fuera gol, se sufre un lateral como si fuera penal, se mira más la app que el juego. No es casual que las apuestas en vivo sean el formato más “adictivo” en términos conductuales: entregan refuerzo inmediato, muchas veces, durante el mismo encuentro.
Ahí aparece la dimensión más importante, la que toca la vida real. La apuesta no se instala por amor al fútbol, se instala por una mezcla de promesa económica, dopamina rápida y marketing agresivo. Los estudios en jóvenes chilenos muestran que una motivación principal para apostar es “ganar dinero”, pero también aparecen el aburrimiento y la curiosidad. Cuando el deporte se vuelve “la excusa” para apostar, la pregunta deja de ser deportiva y pasa a ser de salud pública.
Y Chile, además, está en un escenario gris. La Corte Suprema ordenó a empresas de internet bloquear sitios de apuestas online, señalando que solo ciertas entidades cuentan con autorización legal para juegos de azar en línea y que el resto opera de manera ilegal. Pero incluso desde el propio mundo público se ha reconocido que esos bloqueos son relativamente fáciles de burlar, por la rapidez con que cambian los dominios. En simple: hay mucha oferta, mucho acceso y poca regulación efectiva, justo en un mercado que ya es masivo.
Para el deporte chileno, esto abre una tensión incómoda. Las casas de apuestas se han convertido en una fuente de dinero y visibilidad, pero también en un riesgo para la integridad del espectáculo y para el vínculo sano con la competencia. Cuando se masifica el apostar, crecen los conflictos: sospechas, presiones sobre jugadores, insultos por una jugada “que arruinó la combinada”, y una relación del hincha basada en el resultado económico más que en la pertenencia.
El punto no es demonizar a quien apuesta ocasionalmente. El punto es entender que la expansión actual, especialmente entre jóvenes, está ocurriendo más rápido que las herramientas de protección. Si la industria ya llegó al living de millones, la respuesta no puede seguir siendo solo “juegue responsable”. Se necesitan barreras reales para menores, control de publicidad, educación preventiva y un marco legal que deje de correr detrás del fenómeno.
Porque si para ver fútbol hay que apostar, entonces el deporte empieza a perder algo esencial: su capacidad de emocionarnos por el juego mismo. Y cuando el deporte pierde su sentido, lo que queda no es pasión. Es dependencia.

Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB