Indigencia intelectual: Cuando las autoridades confunden la ciencia con mobiliario de oficina

«Cuanta maldad», diría un observador ingenuo. Pero no es solo maldad; es, sobre todo, incomprensión. Investigar implica generar conocimiento, pensamiento crítico e innovación, pero fundamentalmente conlleva una responsabilidad social universitaria que no se transa en el mercado de valores. La investigación es un viaje bello y, a menudo, solitario; un trayecto fecundo, limpio y vital que sostiene el andamiaje de la civilización. Sin ciencia, no hay país; solo queda la administración de la precariedad.
Reducir la labor científica y humanista a la mera «generación de empleo» es no entender sobre el rol histórico de las universidades en el desarrollo de las sociedades. Es como pretender que la filosofía existe para mejorar el currículum o que la física cuántica se desarrolló solo para vender teléfonos. Claro que el empleo es importante —nadie en su sano juicio discutiría aquello—, pero elevarlo como el único criterio de validación es sostener una mirada pobre, utilitaria y profundamente reduccionista. La universidad no es una oficina de colocación de empleos de lujo; es el espacio donde se gesta el pensamiento, la cultura, la ética y el futuro de una nación.
Resulta inquietante la ligereza con la que se aborda el tema. Para hablar seriamente de investigación, el requisito mínimo —quizás excesivo para algunos— es haber habitado el rigor del proceso. No se trata de leer resúmenes ejecutivos, sino de conocer la fatiga del campo, la angustia de los datos que no cierran y la disciplina que exige la construcción de una verdad que no sea efímera. Escuchar a autoridades que jamás han formulado una pregunta de investigación hablar sobre «producción de conocimiento» o «eficiencia científica» es un ejercicio de surrealismo puro. Es la pretensión de dirigir una orquesta sin haber aprendido jamás a leer una partitura: se puede agitar la batuta con entusiasmo, pero el resultado es solo ruido.
Lo peligroso de este discurso es que no ocurre en el vacío. En un país donde la inversión en I+D es alarmantemente baja, estas palabras no son solo opiniones: son sentencias de muerte para el desarrollo estratégico. Cuando la autoridad valida el utilitarismo ciego, lo que hace es empujar a nuestros mejores talentos al exilio y condenar al país a ser un mero consumidor de tecnologías ajenas. La brecha no se cierra comprando licencias, sino fomentando un ecosistema que soporte el error, la duda y el tiempo largo de la ciencia. Sin inversión real, el discurso de la «innovación» es solo marketing para ocultar el estancamiento.
Sostener que el objetivo final de la investigación es «terminar en un lindo libro guardado en una biblioteca» es de una precariedad intelectual alarmante. Bajo esa lógica decorativa, la penicilina sería hoy solo un manuscrito en un estante y no la base de la salud moderna. Proponer la investigación como un fetiche editorial, un objeto para juntar polvo, es no distinguir entre el envase y el contenido; es el síntoma del desprecio de lo profundo por la pura incapacidad de procesarlo.
Cuando las autoridades desprecian el valor del conocimiento como motor de desarrollo, lo que realmente desprecian es la posibilidad de que este país piense más allá de la inmediatez de la próxima encuesta. Es hora de que quienes diseñan políticas públicas se enfoquen en resolver los vacíos de sus proyectos en lugar de intentar dar lecciones sobre un ecosistema que les resulta ajeno.
Daniel SánchezBrkic
Psicólogo y académico U. Central











