Transporte público y el riesgo de conducir bajo los efectos de drogas

ELPROA
El Diario de San Antonio

En las últimas semanas, hemos sido testigo de una preocupante sucesión de hechos asociados a accidentes, riñas, episodios de violencia y conductas de alto riesgo vinculadas al consumo de drogas por parte de conductores del transporte público y privado. Casos ocurridos en distintas regiones del país vuelven a instalar una discusión que no puede limitarse únicamente al ámbito policial o judicial. Existe también una dimensión sanitaria y farmacológica profunda que merece ser comprendida por la ciudadanía.

Como sociedad, solemos asociar la conducción bajo efectos de sustancias exclusivamente al alcohol. Sin embargo, desde el punto de vista farmacológico, múltiples drogas ilícitas y medicamentos de uso controlado pueden alterar de manera severa la capacidad de conducción, el juicio crítico, la percepción del riesgo, la impulsividad y el comportamiento social.

La cocaína, por ejemplo, es una de las sustancias más peligrosas en este contexto. Su mecanismo de acción produce un aumento exagerado de neurotransmisores como dopamina y noradrenalina en el sistema nervioso central, generando euforia, sensación artificial de seguridad, hiperactividad y disminución de la percepción del peligro. El problema es que estos efectos suelen acompañarse de irritabilidad, agresividad, impulsividad y deterioro en la toma de decisiones. Un conductor bajo efectos de cocaína puede sentir que tiene un mayor control del vehículo, cuando en realidad ocurre exactamente lo contrario, aumenta la velocidad, disminuye la prudencia y se altera la capacidad de responder adecuadamente frente a situaciones inesperadas.

Más preocupante aún es que, tras el efecto estimulante inicial, sobreviene un agotamiento físico y mental relevante, acompañado de alteraciones cardiovasculares que incluyen hipertensión, arritmias e incluso riesgo de infarto o accidente cerebrovascular. En otras palabras, la cocaína no solo pone en riesgo a quien la consume, sino también a pasajeros, peatones y otros conductores.

En paralelo, existe una peligrosa percepción social de que la marihuana sería “menos riesgosa” para conducir, sin embargo, el cannabis afecta funciones cerebrales esenciales para una conducción segura, pues disminuye los tiempos de reacción, altera la coordinación motora, afecta la atención sostenida y modifica la percepción espacial y temporal. Un conductor puede creer que maneja “más lento” o “más concentrado”, pero los estudios muestran consistentemente un aumento en el riesgo de accidentes, especialmente cuando existe consumo combinado con alcohol u otras drogas.

A ello se suma otro aspecto pocas veces discutido; el uso indebido de medicamentos sujetos a control de venta. Fármacos ansiolíticos como benzodiacepinas, algunos opioides utilizados para el dolor e incluso ciertos antihistamínicos pueden provocar somnolencia, lentitud de reflejos y deterioro cognitivo significativo. Muchas personas subestiman estos efectos porque se trata de medicamentos legales y prescritos, pero sabemos que varios de ellos afectan la conducción de manera comparable o incluso superior al alcohol.

El problema se agrava cuando existe policonsumo. La combinación de cocaína con alcohol, cannabis con benzodiacepinas o drogas sintéticas con medicamentos puede potenciar exponencialmente los efectos sobre el sistema nervioso central. En estas circunstancias, la conducta humana se vuelve mucho más impredecible, impulsiva y riesgosa.

El transporte público representa una actividad de alta responsabilidad social. Un conductor traslada diariamente vidas humanas, y por ello la exigencia respecto de sus condiciones físicas y psicológicas debe ser máxima. Esto implica fortalecer controles preventivos, mejorar programas de pesquisa de consumo de sustancias y avanzar en estrategias de apoyo y rehabilitación para trabajadores que puedan estar enfrentando problemas de dependencia.

Sin embargo, también debemos evitar simplificaciones. El consumo problemático de drogas no puede analizarse únicamente desde la sanción. Existe una crisis más profunda relacionada con salud mental, estrés laboral, precarización y normalización social del consumo de sustancias psicoactivas.

Necesitamos comprender como país que detrás de cada accidente, cada episodio de violencia o cada conducta temeraria asociada al consumo de drogas existe un cerebro farmacológicamente alterado. Y cuando eso ocurre en alguien responsable de transportar personas, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Mauricio Muñoz Llanos
Director Química y Farmacia
Universidad Andrés Bello