La cultura escolar también se juega en la cancha

Cuando pensamos en cultura escolar, solemos imaginar reglamentos, normas de convivencia, proyectos educativos o reuniones de docentes. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a observar que una parte importante de esa cultura se construye lejos de la sala de clases. Se cimienta en el patio, en un gimnasio, en una cancha o durante una actividad motriz.
Mientras en otros ramos es posible ocultar la inseguridad detrás de una respuesta escrita, en el movimiento aparecen el miedo al error, la cooperación, el liderazgo, la frustración, la empatía y la confianza. Es, probablemente, el espacio donde la cultura escolar deja de ser un discurso institucional para convertirse en una experiencia cotidiana.
Una escuela puede declarar que promueve la inclusión, pero basta observar un partido improvisado durante una clase para descubrir si realmente existe. La cancha funciona como un espejo que refleja la verdadera cultura de una comunidad educativa.
Por esa razón, la Educación Física no debería ser entendida únicamente como una asignatura orientada al desarrollo de habilidades motrices. Es también un laboratorio social donde es posible intervenir aquellas dinámicas que luego se reproducen en la convivencia escolar. Cada decisión pedagógica, desde la organización de grupos hasta el tipo de desafío propuesto, comunica valores mucho más poderosos que cualquier afiche pegado en un pasillo.
Paradójicamente, en diversas escuelas la cultura escolar se trabaja mediante charlas, campañas o protocolos, mientras se desaprovechan las instancias donde realmente se ponen a prueba el respeto, la cooperación y la resolución de conflictos. No basta con enseñar que el trabajo en equipo es importante; es necesario diseñar experiencias donde colaborar sea la única forma de alcanzar una meta común.
Esta asignatura tiene además la capacidad de democratizar el éxito escolar. Existen estudiantes que rara vez destacan en evaluaciones tradicionales, pero encuentran en el movimiento una oportunidad para descubrir talentos, fortalecer su autoestima o convertirse en referentes positivos para sus compañeros. Cuando esto ocurre, la identidad del alumno cambia y, con ella, también la forma en que el curso se relaciona con él.
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntar cuánto aporta la Educación Física a la salud y comenzar a cuestionarnos cuánto valor le entrega a la cultura escolar. Porque una comunidad educativa no se transforma únicamente cambiando reglamentos, sino que evolución al modificar las experiencias que viven diariamente quienes la integran.
Al final del día, la verdadera cultura escolar no está escrita en un manual de convivencia, sino en la manera en que un estudiante espera al que más lento, celebra el logro de otro, acepta una derrota con respeto o decide incluir a quien siempre queda al margen. Y pocas asignaturas tienen tantas oportunidades para enseñar esas lecciones como la Educación Física.
Silvia Castro Académica Escuela de Pedagogía en Educación Física Universidad de Las Américas











