Pisa: educar nunca ha sido tarea de un héroe solitario

ELPROA
El Diario de San Antonio

PISA 2025 vuelve a poner a Chile frente a un espejo incómodo: 403 puntos en Matemática, 436 en Lectura y 442 en Ciencias, bajo el promedio de la OCDE en las tres áreas. Desde 2022 retrocedimos nueve puntos en Matemática y doce en Lectura; Ciencias permanece prácticamente estancada (OECD, 2026). No es solo una mala noticia educativa. Es una advertencia sobre el país que estamos construyendo.
PISA no mide simplemente cuánto recuerdan nuestros jóvenes de una clase. Evalúa capacidades necesarias para desenvolverse en la vida. Comprender lo que se lee permite interpretar un contrato, distinguir información de manipulación y continuar aprendiendo. Razonar matemáticamente ayuda a tomar decisiones financieras, resolver problemas y desenvolverse en un mercado laboral cada vez más tecnológico. Comprender la ciencia permite decidir con evidencia frente a la salud, el medioambiente o la inteligencia artificial. Cuando esas capacidades se debilitan, también se debilita nuestra autonomía como ciudadanos.
Chile conserva una posición comparativamente favorable dentro de América Latina, pero esa constatación puede convertirse en un consuelo peligroso. Estar entre los mejores de una región históricamente rezagada no significa estar donde necesitamos estar. Mientras seguimos mirando a nuestros vecinos para sentirnos tranquilos, permanecemos a distancia de los países con los que aspiramos a compararnos en desarrollo, productividad y bienestar.
Las consecuencias tampoco se distribuirán por igual. Las familias con mayores recursos pueden compensar aprendizajes débiles con apoyo, tecnología, libros o clases particulares. Para un niño vulnerable, muchas veces la escuela es la principal y a veces la única posibilidad de acceder a esas oportunidades. Por eso, cuando el aprendizaje falla, la desigualdad no desaparece: se hereda. La OCDE advierte que las competencias insuficientes terminan traduciéndose en menor productividad, oportunidades más desiguales y mayores dificultades para adaptarse a los cambios económicos y tecnológicos (OECD, 2026).
Sería fácil, entonces, volver a culpar alos profesores. Pero también sería intelectualmente cómodo. Los propios estudiantes chilenos reportan altos niveles de apoyo docente. Necesitamos mejores prácticas pedagógicas, sin duda, pero ningún profesor puede reparar solo el ausentismo, la desigualdad, la fragilidad de los hábitos lectores, la distracción digital o la pérdida social del valor de aprender. Educar nunca ha sido tarea de un héroe solitario.
Podemos llenar nuestras escuelas de pantallas, plataformas e inteligencia artificial. Pero si nuestros jóvenes no comprenden profundamente lo que leen, no razonan frente a un problema y no distinguen evidencia de opinión, toda esa modernidad será apenas una escenografía luminosa levantada sobre aprendizajes frágiles.
PISA 2025 no nos pregunta solamente cuánto saben nuestros estudiantes. Nos pregunta qué futuro puede construir Chile con lo que están aprendiendo hoy. Porque cuando una generación aprende menos, no solo cae un puntaje: se estrechan oportunidades, se profundizan desigualdades y, silenciosamente, comienza también a empobrecerse el horizonte de un país.

Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB