El bolsillo sigue esperando

El IPC de septiembre volvió a recordarnos que la inflación todavía no es un problema superado. El índice aumentó 0,4% durante el mes, acumula 4,0% en lo que va del año y alcanza 4,1% a doce meses. Aunque el dato mensual fue ligeramente inferior a lo esperado por el mercado, para las familias hay poco espacio para celebrar cuando siguen aumentando gastos tan cotidianos como alimentos y transporte.
La inflación tiene una particularidad: las estadísticas pueden mostrar que disminuye, pero eso no significa que los precios vuelvan atrás. Significa que continúan aumentando a una velocidad menor. Después de haber experimentado inflaciones superiores al 10%, los hogares siguen comprando desde una base de precios considerablemente más alta.
Septiembre entrega buenos ejemplos. Los alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron 0,6%, mientras transporte lo hizo 0,9%. Detrás de esos promedios aparecen incrementos todavía más visibles para el consumidor: papas, lechugas, gasolina y diésel. Son precisamente estos gastos los que tienen menos posibilidades de postergarse.
El problema es que esta inflación no llega a una economía particularmente robusta. Convive con un desempleo cercano al 10%, crecimiento débil y familias que han debido ajustar sus presupuestos durante varios años. Por eso, unas décimas adicionales tienen consecuencias distintas dependiendo de cuánto margen exista para absorberlas.
Chile, además, llega a este escenario después de una sucesión de shocks. La menor inversión y crecimiento de la última década, el estallido social, la pandemia, los retiros previsionales y el fuerte impulso al consumo, el aumento de las tasas de interés y las distintas presiones sobre los costos de contratación fueron dejando efectos acumulativos. A ello se suma un escenario internacional marcado por conflictos geopolíticos y nuevas incertidumbres económicas.
No todos estos factores explican de la misma manera el IPC que conocemos hoy ni pueden atribuirse a una sola administración. Pero su acumulación ayuda a comprender por qué recuperar dinamismo y estabilidad resulta mucho más complejo que simplemente esperar un buen dato mensual.
La inflación es especialmente sensible porque termina conectando los grandes desequilibrios económicos con decisiones extremadamente pequeñas: qué comprar, qué dejar para después, cuánto cargar de combustible o si alcanza para llegar a fin de mes.
¿Se puede revertir este escenario? Sí, pero no existen soluciones mágicas. Requiere disciplina fiscal, recuperación de la inversión, mayor productividad y un Estado más eficiente, junto con condiciones que permitan volver a crear empleos de calidad.
El IPC puede subir cuatro décimas en una planilla. Para una familia que lleva años ajustando sus gastos, esas décimas se sienten bastante más grandes.
Felipe Oelckers, director de Ingeniería Comercial, Universidad Andrés Bello











