La pregunta de Brasil

Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta presidencial brasileña con poco más del 47% de los votos válidos, dos puntos por sobre Lula da Silva. A Bolsonaro le faltaron tres puntos para ganar; a Lula, cinco. El próximo 25 de octubre Brasil deberá decidir quién gobernará, pero quizás la pregunta más interesante que dejó esta elección no sea quién vencerá, sino por qué tantos electores están buscando respuestas fuera de los espacios políticos que antes los representaban.
Nada está decidido. Lula deberá conquistar votos que este domingo no se sintieron representados por su propuesta, mientras Bolsonaro intentará mantener una ventaja que sorprendió incluso frente a las encuestas previas. Pero cualquiera sea el resultado, sería un error observar lo ocurrido exclusivamente como una anomalía brasileña.
Durante los últimos años, distintas elecciones latinoamericanas han mostrado electorados dispuestos a castigar a quienes gobiernan y buscar alternativas incluso en posiciones ideológicamente muy distintas. Podemos discutir cuánto hay de giro político, polarización o simplemente voto de castigo. Probablemente exista algo de todo ello. Lo relevante es preguntarnos qué malestar está intentando expresar ese voto.
Frente a este fenómeno aparece una explicación cómoda: deepfakes, bots, algoritmos y campañas de desinformación. El problema existe y amenaza seriamente la deliberación democrática. Pero convertirlo en explicación suficiente resulta peligroso. La desinformación puede amplificar temores y prejuicios, pero suele encontrar terreno fértil donde ya existen frustraciones. Pensar que quien votó distinto lo hizo simplemente porque fue manipulado impide preguntarse por qué ese mensaje consiguió convencerlo.
Ahí aparece una pregunta incómoda para la izquierda progresista: ¿a quién está representando hoy?
Quizás parte de su electorado histórico siente que el progresismo comenzó a hablar un idioma demasiado distante de su vida cotidiana. Agendas culturales legítimas pueden convivir con preocupaciones mucho más inmediatas: trabajo, costo de la vida, seguridad, vivienda o incertidumbre respecto del futuro. Escuchar esas inquietudes no significa abandonar principios, sino comprender que ninguna propuesta política sobrevive mucho tiempo si deja de conversar con las prioridades de quienes pretende representar.
También convendría abandonar la tentación de convertir cualquier posición conservadora en una amenaza antidemocrática. Existen amenazas reales y deben denunciarse sin ambigüedad. Precisamente por eso, palabras como “fascismo” o “autoritarismo” pierden fuerza cuando se utilizan indiscriminadamente. Y la defensa de la democracia exige aplicar la misma vara frente a cualquier gobierno que erosione sus instituciones, independientemente de su signo político.
El 25 de octubre sabremos quién gobernará Brasil. Pero el interrogante permanecerá abierto. La izquierda puede explicar cada derrota recurriendo únicamente a la manipulación, los algoritmos o la desinformación. O puede hacerse una pregunta bastante más difícil: ¿en qué momento parte de quienes alguna vez se sintieron representados dejó de escucharla?
Dr Jorge Astudillo, investigador y académico de Derecho UNAB











