PAES: ¿Cuándo cuarto medio se convirtió en un preuniversitario?

ELPROA
El Diario de San Antonio

En Chile, mientras miles de jóvenes se preparan para despedirse de sus colegios, pareciera que sus sueños comienzan a traducirse en números. A pocas semanas de rendir la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), las conversaciones giran en torno a ensayos, puntajes y carreras. Pero hay una pregunta que incomoda: ¿en qué momento permitimos que doce años de educación terminaran pareciéndose a una preparación para una prueba?
La PAES es un instrumento necesario para el acceso universitario. Lo cuestionable es que su preparación pueda terminar desplazando el sentido formativo del último año escolar. Hemos construido una cultura donde el puntaje amenaza con convertirse en sinónimo de éxito y donde pareciera importar más la universidad a la que ingresará un joven que la persona en la que se está convirtiendo. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de transformar la sociedad o estudiantes entrenados para responder correctamente?
La contradicción es profunda. Las Bases Curriculares de tercero y cuarto medio promueven el pensamiento crítico, la filosofía y la educación ciudadana (MINEDUC, 2019). Sin embargo, ¿cuánto espacio efectivo dejamos para debatir sobre justicia, democracia, ética, desigualdad o proyectos de vida? ¿De qué sirve declarar una formación integral si permitimos que las urgencias del puntaje estrechen las oportunidades de aprender?
La UNESCO (2021) advierte sobre la necesidad de renovar el contrato social de la educación, fortaleciendo la cooperación y la solidaridad. La OCDE (2024), en un estudio que incluye a Chile, relaciona la curiosidad, la empatía y la perseverancia con los aprendizajes y las aspiraciones futuras. La evidencia nos recuerda algo esencial: educar no consiste solamente en acumular conocimientos, sino en aprender a utilizarlos para comprender y transformar el mundo.
Pero existe una herida todavía más profunda: la desigualdad. Hablamos de mérito como si todos nuestros jóvenes comenzaran desde el mismo lugar. Algunos cuentan con preuniversitarios, apoyo familiar y tranquilidad económica; otros estudian entre responsabilidades, dificultades y oportunidades limitadas. La PAES no crea esas brechas, pero tampoco puede borrarlas. Cuando celebramos un puntaje sin mirar las condiciones que lo hicieron posible, corremos el riesgo de confundir privilegio con mérito y desigualdad con falta de esfuerzo.
Cuarto medio debería ser un tiempo para descubrir vocaciones, desarrollar proyectos, participar en la comunidad, aprender a convivir y atreverse a pensar distinto. También para comprender que la universidad no es el único camino hacia una vida digna. La educación técnica, el trabajo y otras trayectorias merecen igual respeto.
Quizás ha llegado el momento de que Chile rinda su propia prueba. No una de alternativas, sino de conciencia: ¿qué sociedad estamos construyendo cuando enseñamos a nuestros jóvenes que su futuro depende de un puntaje antes que de sus capacidades para pensar, crear y convivir?
Una prueba puede abrir las puertas de una universidad. Pero doce años de educación deberían abrir las puertas de la vida. Porque el verdadero fracaso educativo no está en un puntaje insuficiente, sino en permitir que un joven termine su escolaridad creyendo que todo lo que es, todo lo que sueña y todo lo que puede llegar a ser cabe en una hoja de respuestas.

Juan Pablo Catalán, académico de Educación UNAB