Una lectura crítica al “acuerdo” entre Estados Unidos e Irán

La noticia fue recibida con alivio en los mercados financieros, en las cancillerías y en una opinión pública agotada por más de cien días de conflicto. Pero antes de celebrar conviene aclarar algo: lo que Estados Unidos e Irán están firmando no es un acuerdo de paz. Es un acuerdo para intentar negociar uno. Se trata de un Memorandum of Understanding (MOU) con una vigencia inicial de sesenta días destinado a crear las condiciones para una negociación más amplia. En términos prácticos, estamos frente a un alto el fuego temporal, no frente a una resolución definitiva de las diferencias que han enfrentado a Washington y Teherán durante décadas.
Esta distinción importa porque ayuda a entender la naturaleza real del momento que estamos viviendo. Las verdaderas negociaciones de paz buscan resolver problemas de fondo. Este memorando, en cambio, parece diseñado para reducir costos inmediatos. No aparenta resolver de fondo el problema nuclear iraní, no redefine la arquitectura de seguridad regional y tampoco elimina las profundas desconfianzas acumuladas entre las partes. Lo que hace es generar una pausa.
Y esos costos no recaían únicamente sobre los países del Golfo. También comenzaban a sentirse en Estados Unidos.
Durante meses se ha hablado del impacto regional de la guerra, sobre todo en los países del Golfo. Sin embargo, las consecuencias económicas también comenzaron a sentirse en la economía estadounidense. La inflación anual alcanzó el 4,2% en mayo y la incertidumbre asociada a los mercados energéticos se transformó en una preocupación creciente para Washington. En un contexto donde el costo de la vida sigue siendo una de las principales inquietudes de los ciudadanos, la estabilidad económica dejó de ser un asunto exclusivamente internacional para convertirse también en una prioridad política doméstica.
Desde esa perspectiva, el acuerdo parece responder menos a una visión transformadora para Medio Oriente que a una necesidad inmediata de reducir riesgos económicos y políticos. A menudo la diplomacia funciona precisamente así. Los acuerdos no surgen porque las partes hayan resuelto todas sus diferencias, sino porque el costo de mantenerlas abiertas se vuelve demasiado alto.
Sin embargo, el contenido mismo del memorando revela sus limitaciones. El texto contempla la reapertura del estrecho de Ormuz, alivios para las exportaciones petroleras iraníes y el inicio de un proceso para el acceso a activos congelados. A cambio, Irán reafirma que no desarrollará armas nucleares y acepta discutir el futuro de su programa nuclear durante los próximos sesenta días.
Pero los temas más difíciles permanecen abiertos. No existen definiciones finales sobre el enriquecimiento de uranio, no se imponen nuevas restricciones a los misiles balísticos iraníes y las cuestiones centrales de seguridad regional quedan relegadas a negociaciones futuras.
Y es aquí donde aparece el aspecto más incómodo del análisis.
Si uno observa los resultados inmediatos, resulta difícil evitar la conclusión de que el régimen iraní podría emerger de este episodio en una posición relativamente favorable. Si Teherán obtiene alivio económico, reducción de la presión militar y una mayor legitimidad diplomática sin renunciar plenamente a elementos centrales de su capacidad estratégica, el balance general puede interpretarse como positivo para sus intereses.
Se tenía que decir y se dice: si uno de los objetivos implícitos de la confrontación era debilitar significativamente al régimen iraní o modificar de manera decisiva su comportamiento estratégico, la evidencia disponible hasta ahora no sugiere que ese objetivo se haya alcanzado. Por el contrario, Teherán parece haber logrado algo que hace apenas unos meses parecía improbable: aliviar parte de la presión que enfrentaba mientras mantiene abiertas muchas de sus principales cartas de negociación.
Incluso podría argumentarse que el resultado es, en algunos aspectos, más favorable para Irán que el acuerdo alcanzado durante la administración Obama. Aquel pacto estaba centrado en limitar y supervisar de manera detallada el programa nuclear iraní. El memorando actual parece invertir el orden de prioridades: primero ofrece desescalada y alivio económico, mientras las cuestiones nucleares más sensibles quedan sujetas a una negociación posterior.
Israel, por su parte, enfrenta una realidad más compleja. Varias de las preocupaciones que han guiado su política hacia Irán durante décadas permanecen vigentes. La interrupción de las hostilidades reduce riesgos inmediatos, pero no resuelve los problemas que dieron origen a la confrontación.
Nada de esto significa que el memorando sea una mala noticia. Evitar una guerra regional siempre será preferible a prolongarla. Sin embargo, tampoco conviene confundir una pausa con una solución. Los próximos sesenta días serán probablemente más importantes que la firma del documento que hoy ocupa los titulares.
Porque en política internacional las crisis rara vez desaparecen; simplemente cambian de forma. Y por ahora, más que una paz estratégica, lo que observamos es una tregua transaccional.
La guerra puede haber entrado en pausa. La historia, todavía no.
Carlos Alsua, académico Facultad de Economía y Negocios UNAB











