Desgaste en La Moneda

A solo dos meses de asumir la presidencia, las razones y expectativas que llevaron a Kast a La Moneda parecen haber chocado con la realidad y las complejidades propias de la gestión pública. Las principales encuestas no solo registran una importante caída en la aprobación del Gobierno, sino que también reflejan el impacto de medidas impopulares y de una instalación gubernamental marcada por errores y dificultades que, al parecer, no fueron previstas.
El alza sostenida de los combustibles producto de contingencias internacionales, más que un dato técnico, se ha convertido en un símbolo del malestar ciudadano frente al aumento del costo de la vida. A ello se suma que el discurso de “eliminar la grasa del Estado” se ha gestionado con una opacidad que erosiona la confianza pública.
La ambigüedad respecto de la continuidad de programas sociales ha sembrado temor en los sectores más vulnerables y desconfianza en segmentos tradicionalmente moderados. Cuando las señales de austeridad no van acompañadas de una hoja de ruta clara, dejan de percibirse como política pública y comienzan a entenderse como una amenaza latente, afectando inevitablemente la credibilidad del Gobierno y sus intenciones.
Esta baja aprobación también podría explicarse por un déficit de conducción política. Desde fuera, se aprecia un gobierno con vocerías dispares, tensiones entre ministros y escasa coordinación interna. El caso de la ministra Mara Sedini en la Segegob resulta ilustrativo: para muchos, su desempeño ha dejado al Ejecutivo sin un relato coherente justo en momentos en que se están adoptando decisiones complejas que requieren claridad y precisión al momento de comunicar sus razones y eventuales beneficios. A ello se suma la seguidilla de renuncias de seremis, lo que instala una percepción de desorden y falta de conducción.
Los errores comunicacionales también han profundizado la sensación de fragilidad. La desafortunada frase “Chile está en quiebra”, lejos de justificar eficazmente medidas económicas de austeridad, instaló una sensación de alarma que pudo erosionar la confianza en la conducción económica y afectar la imagen internacional del país. En vez de transmitir control y dirección, las imprecisiones políticas y comunicacionales refuerzan la idea de un Ejecutivo golpeado por la contingencia, incapaz de alinear su relato con sus acciones y generar certezas.
Revertir esta tendencia exige ajustes comunicacionales, pero también algo más profundo. Se requiere abandonar definitivamente el modo campaña; insistir permanentemente en las falencias del gobierno de Boric ya no parece suficiente. Hoy el desafío pasa por priorizar, ordenar y explicar. Muchos analistas coinciden en que se deben fortalecer los equipos políticos con figuras de mayor experiencia, transparentar qué se recorta y con qué propósito, y reconectar la macroeconomía con las necesidades cotidianas de la ciudadanía.
Todo ello sin descuidar la seguridad pública, una de las principales banderas que llevó a Kast al poder y donde, hasta ahora, no se aprecia un proyecto claro desde una cartera encabezada por una ministra que, durante estos primeros meses, ha debido concentrarse más en defender su idoneidad que en implementar acciones concretas frente a una sensación de inseguridad que sigue sin retroceder.
Jorge Astudillo, investigador y académico de Derecho, Universidad Andrés Bello











