Independizarse en Chile: un lujo cada vez menos accesible

Hace poco se dieron a conocer los resultados de un estudio, que mostraba que un 37,2% de las personas en Chile cree que no existe una edad límite para que los hijos vivan con sus padres, la cual sube al 41,2% en el caso de las mujeres. Frente a este dato es importante distinguir lo que puede obedecer a un cambio de mentalidad de lo que podría ser más bien una adaptación forzada.
Durante décadas, la salida del hogar parental marcó el inicio de la vida adulta. Hoy, ese paso se podría estar postergando simplemente porque no alcanzan los ingresos para hacerlo y la vivienda se estaría transformando en la principal barrera de entrada a la autonomía. Hoy en día, además del importante déficit habitacional, también se está observando un mercado de arriendos en expansión, con precios que consumen gran parte de los ingresos. El resultado es evidente: independizarse – en muchos casos- está dejando de ser una decisión personal y está pasando a depender de la capacidad económica, cada vez más restringida.
De estos resultados, también podemos explorar otras dimensiones que se están volviendo críticas, como por ejemplo el costo de la separación, en un país donde los divorcios y rupturas han aumentado sostenidamente, el problema ya no sería acceder a una vivienda, sino sostener dos. Esto es, dos arriendos, o un dividendo y un arriendo; dos cuentas de servicios básicos; dos espacios que mantener. Asimismo, muchas veces, los costos de crianza también se duplican o se tensionan. Sostener esto se vuelve inviable sin recurrir al endeudamiento y/o al apoyo de la familia extensa.
Acá se observa un segundo nudo estructural. Chile presenta altos niveles de deuda de los hogares, donde el crédito deja de ser una herramienta y pasa a ser un mecanismo de supervivencia. Se financia el consumo cotidiano, pero también la vivienda y la reorganización de la vida tras una ruptura. El problema es que esa estrategia tiene un límite, y ese límite ya se empieza a sentir.La paradoja es inquietante. Mientras la Casen 2024 muestra una reducción de la pobreza por ingresos, crece la percepción de fragilidad económica. Menos pobreza, pero más dificultad para sostener proyectos de vida autónomos. Menos carencia extrema, pero más dependencia estructural.Las consecuencias pueden ser profundas: retraso de la formación de nuevos hogares, caída de la natalidad y prolongación de la convivencia intergeneracional. También se tensionan las trayectorias de vida: jóvenes que no pueden irse, adultos que deben volver y familias que se reorganizan en función de restricciones económicas más que de decisiones vitales.
La pregunta de fondo – por tanto- no es hasta qué edad es aceptable vivir con los padres, sino qué condiciones ofrece hoy la sociedad chilena para que una persona pueda independizarse y mantenerse independiente. La realidad actual no da señales de alivio: el costo de la vida sigue presionando, el endeudamiento aumenta, igual que el desempleo y la crisis de vivienda persiste sin soluciones estructurales a la vista. Todo indica que el problema no solo continuará, sino que podría profundizarse.Si independizarse depende de endeudarse en exceso, si separarse implica caer en precariedad y si sostener un hogar -o dos- se vuelve cada vez más difícil, entonces el problema ya no es individual, sino que estructural.Y cuando la autonomía se vuelve un privilegio, lo que está en juego no es solo el acceso a la vivienda, sino la forma en que una sociedad permite – o impide- que sus miembros construyan su propio proyecto de vida.
Ignacio Eissmann Araya, investigador de la Escuela de Trabajo Social y Sociología UNAB











