Cuando el aula dialoga con el mundo

ELPROA
El Diario de San Antonio

Hace unas semanas, mientras recorría distintos espacios patrimoniales, hubo una escena que se repitió una y otra vez. No importaba si se trataba de un museo de ciencias, arte o historia: en todos ellos había grupos de estudiantes acompañados por sus profesores. Algunos tomaban apuntes, otros debatían frente a una obra, mientras los más pequeños observaban con asombro objetos que hasta ese momento solo conocían por fotografías o libros.

Lo interesante era que, más allá de la visita en sí, esas experiencias parecían formar parte de una clase que había cambiado de escenario. El profesor seguía guiando el aprendizaje, los alumnos continuaban formulando preguntas y el conocimiento seguía construyéndose, pero esta vez en contacto directo con la realidad.

Esa imagen invita a reflexionar sobre uno de los grandes desafíos de la educación actual: lograr que lo que ocurre dentro del aula dialogue con el mundo que existe fuera de ella.

Durante mucho tiempo hemos entendido la enseñanza como un proceso que sucede principalmente entre cuatro paredes. Y aunque la sala de clases seguirá siendo el corazón de cualquier modelo educativo, hoy sabemos que los aprendizajes más profundos se consolidan cuando los estudiantes tienen la oportunidad de aplicar, cuestionar y resignificar aquello que han aprendido en contextos reales.

No se trata de reemplazar la enseñanza formal. Muy por el contrario. La escuela y la universidad son los espacios donde se construyen las bases del conocimiento, se desarrollan habilidades de pensamiento y se aprende a analizar críticamente la realidad. Sin ese trabajo previo, difícilmente podríamos comprender lo que observamos en un museo, interpretar un sitio patrimonial o establecer relaciones entre distintos fenómenos sociales, científicos o culturales.

La investigación educativa lleva décadas mostrando que las personas aprenden con mayor profundidad cuando pueden relacionar los contenidos con experiencias significativas. El aprendizaje experiencial, ampliamente desarrollado por David Kolb, y el situado, propuesto por Jean Lave y Etienne Wenger, coinciden en que el conocimiento adquiere mayor significado cuando se construye en contextos auténticos. En esa línea, una visita a un laboratorio, una salida a terreno, un proyecto de aprendizaje-servicio, una práctica profesional o un recorrido por un espacio patrimonial, permiten que conceptos que parecían abstractos cobren vida.

En Chile existen innumerables oportunidades para fortalecer esa conexión. Nuestro patrimonio natural, histórico y cultural constituye una inmensa sala de conocimiento. Museos, bibliotecas, parques nacionales, humedales, centros culturales, archivos, observatorios astronómicos y sitios históricos, ofrecen experiencias que enriquecen la formación de niños, jóvenes y adultos. El desafío es dejar de entender estos espacios como actividades excepcionales y comenzar a integrarlos de manera más sistemática a los procesos educativos.

En un momento en que la educación enfrenta profundas transformaciones, conviene recordar que las mejores clases no son necesariamente aquellas que entregan más información, sino las que consiguen despertar el interés por seguir aprendiendo. Allí reside el verdadero impacto de la enseñanza: en la capacidad de inspirar, de conectar el conocimiento con la experiencia y de demostrar que aprender no es una actividad limitada por un horario o un lugar, sino una forma de relacionarnos con el mundo.

Cuando una clase logra trascender el aula, no pierde su esencia. Al contrario, alcanza uno de sus propósitos más valiosos: formar personas que comprendan que la educación no termina al cerrar un cuaderno, sino que continúa cada vez que observan, preguntan, dialogan y descubren algo nuevo a partir de la realidad que las rodea.

Karen Núñez Académica investigadora Instituto de Educación y Lenguaje Universidad de Las Américas