La historia que bailamos cada septiembre

ELPROA
El Diario de San Antonio

Hay un momento que se repite cada septiembre. Alguien toma un pañuelo, comienzan los primeros acordes de la guitarra y, casi sin darse cuenta, aparecen las palmas y chiflidos. La cueca vuelve a reunirnos. La bailan quienes la conocen desde niños y también aquellos que improvisan algunos pasos solo por el gusto de participar. Pero pocos saben que este baile asociado al huaso de manta y espuelas nació fuera de los escenarios oficiales y estuvo, incluso, lejos de ser considerado un símbolo patrio.

Aunque fue declarada baile nacional el 18 de septiembre de 1979, la cueca tiene raíces mucho más antiguas y, como suele ocurrir con las grandes tradiciones, su origen sigue siendo motivo de debate entre historiadores y folcloristas.

Su historia parece un verdadero viaje cultural. En ella confluyen danzas españolas, especialmente las andaluzas; la herencia árabe que permaneció durante siglos en la península ibérica; los ritmos africanos llegados a América con la esclavitud durante la colonia; y, por supuesto, los aportes propios de este continente. De esa mezcla nació en Perú la zamacueca, baile que durante el siglo XIX cruzó a nuestro territorio y encontró en Chile una identidad propia.

Aquí comenzó a transformarse hasta convertirse en la cueca chilena. Incluso el origen de su nombre tiene una curiosa explicación. Benjamín Vicuña Mackenna sostenía que «cueca» derivaba de «clueca», en alusión a la gallina que empolla sus huevos, una imagen que encaja perfectamente con la danza, donde la mujer y el hombre recrean el juego de conquista entre una gallina y un gallo. Los giros, las vueltas y el pañuelo, representan ese cortejo que culmina con el encuentro de la pareja.

Lo llamativo es que la cueca no nació en elegantes salones. Durante gran parte del siglo XIX fue la música de las chinganas, fondas y quintas de recreo, espacios populares donde campesinos, comerciantes, trabajadores y viajeros, compartían bailes, comidas y conversaciones. Solo después de la Independencia, la aristocracia comenzó a adoptarla como una forma de marcar distancia con las costumbres españolas y construir una identidad nacional propia.

Pero la cueca nunca ha sido una sola. Con el tiempo surgieron expresiones tan diversas como la nortina, chilota, campesina, larga o la brava, cada una con su propio ritmo, instrumentos y forma de interpretar una misma tradición. Incluso sus letras funcionan como una suerte de periódico popular, hablan de amores, personajes, picardías, alegrías y penas que han acompañado la vida cotidiana de generaciones de chilenos.

Por eso, cuando vuelva a escuchar esos primeros acordes este septiembre, piense que no solo comienza un baile. Se inicia una historia que lleva más de dos siglos recorriendo Chile, una tradición nacida del encuentro de culturas, de la vida popular y de la capacidad de un pueblo para hacer propia una expresión que hoy nos representa dentro y fuera del país.

Porque la cueca no solo se baila, también cuenta la historia de quiénes somos.

José Pedro Hernández Historiador y académico de Universidad de Las Américas