Día de Muertos: recordar lo esencial

Vivo en México desde hace más de un año, pero he seguido a la distancia las noticias de Chile. Y al menos desde acá, las dificultades políticas, incertidumbres económicas y emergencias climáticas muestran una imagen pesimista del país, como si cargara cada día con una nueva preocupación.
Por contraste, el ambiente en México para estas fechas resulta diferente. La proximidad del Día de Muertos transforma las calles, que se llenan del naranja intenso de las flores de cempasúchil, de alebrijes y de desfiles de catrinas y calaveras. Las casas,mientras tanto, levantan altares con fotos, velas, alimentos y objetos personales de quienes ya partieron. Las familias visitan los cementerios, adornan las tumbas y comparten recuerdos.
Sin embargo, lo que dota de mística a esta tradición no es tanto su colorido como la naturalidad con que se incorpora a los muertos en la vida cotidiana. La ausencia de los que partieron encuentra un lugar entre los vivos a partir de una idea fundamental: que recordarlos no significa suspender la vida, sino incorporarlos a ella de otra forma. Así, por unos días, la memoria ocupa un lugar visible en medio de la rutina.
En Chile, el Día de Todos los Santos nos convoca de una manera más silenciosa y menos visible a los cementerios, mientras Halloween gana espacio con sus disfraces y celebraciones que, aunque divertidas, carecen de un sentido más profundo. No es que necesitemos elegir entre estas expresiones ni imitar las costumbres mexicanas, pero en medio de tantas noticias cargadas de pesimismo, vale la pena buscar en estas fechas, un momento para la memoria, los afectos y el encuentro en nuestras propias tradiciones. Y hacerlo a nuestro propio modo.
Eso es lo que, en parte, México ha hecho con estas festividades. No es que siempre hayan sido iguales a sí mismas. El desfile de Día de Muertos de Ciudad de México, hoy convertido en un espectáculo multitudinario, es sumamente reciente. Empezó en 2016, inspirado en una escena ficticia de la película Spectre, de James Bond, representación cinematográfica que terminó dando origen a una celebración real, que luego se vio reforzada en su reconocimiento mundial gracias a otras producciones como Coco. La historia demuestra que las tradiciones también se reinventan: lo decisivo es el sentido que las comunidades encuentran en ellas.
Quizás eso sea algo que la sociedad chilena necesita recuperar en estos días. No se trata de refugiarnos en nuestro espacio íntimo para desentendernos de los problemas del país, pero sí de evitar que esos conflictos y contingencias nos hagan olvidar lo esencial: una conversación familiar, la historia de nuestros abuelos, una comida compartida o el recuerdo de alguien que ya no está.
No siempre podemos controlar lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos cuidar esos espacios de refugio donde nos encontramos, transmitimos nuestras historias y recordamos a aquellas personas y experiencias que han dado forma y sentido a nuestra vida.
María Gabriela Huidobro, académica de la UNAB y TEC de Monterrey











