Lecciones de Kandinsky: ¿Por qué habitar después del riesgo?

Tras casi veintinueve meses, el edificio Kandinsky y su entorno en Cochoa vuelven a ser declarados habitables. Treinta y cuatro familias regresan a sus hogares luego de una de las crisis urbanas más complejas que ha enfrentado el borde costero en los últimos años. El hecho marca un cierre administrativo, pero abre una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos aprendiendo, como país, sobre cómo y dónde construimos?
Desde el punto de vista técnico, la rehabilitación de un edificio evacuado por riesgo geológico no es una novedad en Chile. Nuestra historia sísmica ha demostrado que, con diagnóstico adecuado y soluciones de ingeniería bien ejecutadas, es posible recuperar estructuras sin comprometer la seguridad. En el caso de Cochoa, el problema no estuvo en el edificio mismo, sino en el suelo que lo sustenta. La ampliación del colector de aguas lluvias, la estabilización del terreno y los muros de contención permitieron restablecer condiciones mínimas de habitabilidad. Eso habla bien de la capacidad técnica del país.
Sin embargo, el carácter excepcional de este caso no debe tranquilizarnos en exceso. El socavón no fue un evento imprevisible, sino la manifestación de una combinación conocida: infraestructura insuficiente, lluvias cada vez más intensas y construcción en un territorio frágil. El fallo del colector fue el gatillante, pero el contexto es más amplio y nos remite directamente a la planificación urbana y territorial.
Chile es un país que convive permanentemente con el riesgo. Incendios, aluviones, terremotos, maremotos y ahora socavones nos recuerdan que el territorio no es un soporte neutro. Aun así, nuestras normativas y planes reguladores avanzan con lentitud frente a un escenario que cambia aceleradamente, marcado además por los efectos del cambio climático. Seguimos planificando con reglas pensadas para un país que ya no existe.
La ingeniería chilena es reconocida y ha desarrollado soluciones de alto nivel. El problema no está en la capacidad técnica, sino en la brecha entre ese conocimiento y las decisiones normativas. La evidencia se acumula en la academia y en la experiencia, pero no siempre se traduce en ajustes regulatorios oportunos. La normativa, por definición, fija mínimos. Construir siempre al límite de esos mínimos, especialmente en ecosistemas tan delicados como las dunas, es una mentalidad que debe revisarse.
Habitar nuevamente un edificio tras una crisis no es solo un acto técnico; es también un proceso emocional. El permiso de habitabilidad entrega certezas estructurales, pero el miedo persiste. Por eso, junto a las soluciones constructivas, se requiere acompañamiento, planes de contingencia claros y protocolos de evacuación conocidos. Saber cómo actuar frente a eventos extremos es parte fundamental de la seguridad.
El caso Kandinsky no debiera quedar solo como una anécdota excepcional. Debiera ser un punto de inflexión. No para prohibir sin matices, sino para planificar mejor, con una gobernanza territorial más ágil, actualizada y consciente de los límites ecológicos. Habitar el borde costero exige respeto por el territorio y decisiones que miren más allá de la rentabilidad inmediata. En un país como Chile, construir bien no es una opción: es una responsabilidad colectiva.
Juan Paulo Alarcón, director de Arquitectura Universidad Andrés Bello











