El secreto detrás de Haaland: lo que Noruega hizo distinto con sus niños

Noruega está viviendo el mejor Mundial de su historia. Nunca antes había llegado a cuartos de final, y ahora está ahí después de eliminar a Brasil en octavos con un doblete de Erling Haaland, que ya suma siete goles en el torneo y aparece como uno de los grandes candidatos a la Bota de Oro. El próximo viernes 11 de julio, en Miami, Noruega se medirá con Inglaterra por un lugar en semifinales, algo impensado para un país que estuvo 28 años sin clasificar a una Copa del Mundo. Detrás de ese salto hay algo más interesante que el talento individual de Haaland o de su capitán, Martin Ødegaard. Hay una decisión estructural, tomada hace más de dos décadas, sobre cómo tratar a los niños que hacen deporte.
Noruega tiene una normativa nacional, definida por su federación deportiva, la Norges Idrettsforbund, y aprobada por el propio parlamento del deporte del país, que regula qué tan competitivo puede ser el deporte infantil. Uno de sus puntos centrales establece que las tablas de posiciones, los rankings y las listas de resultados solo pueden usarse en competencias a partir de los 11 años, y siempre que resulte pedagógicamente apropiado. Antes de esa edad, el foco está puesto en el aprendizaje motor, la variedad de estímulos, la inclusión y la seguridad emocional del niño, no en ganar torneos ni en clasificar prematuramente a los mejores. Es una decisión que va directamente en contra de la lógica que domina en gran parte del mundo, donde se selecciona, se rankea y se presiona a los niños desde edades muy tempranas, bajo la falsa creencia de que eso acelera la llegada a la élite.
La evidencia en ciencias del deporte respalda esa cautela noruega. El consenso publicado por el Comité Olímpico Internacional sobre desarrollo atlético infantil, difundido en el British Journal of Sports Medicine, advierte que la especialización temprana y la presión competitiva prematura se asocian a mayor riesgo de lesión por sobreuso, agotamiento psicológico y abandono deportivo antes de la adolescencia, sin que eso garantice mejores resultados a largo plazo. Lo que sí funciona, según ese mismo cuerpo de evidencia, es lo que suele llamarse la etapa de muestreo deportivo, es decir, años de exposición amplia a distintos movimientos, distintos deportes y distinta intensidad de exigencia, antes de cualquier especialización seria. Haaland, de hecho, practicó atletismo y otros deportes en su infancia antes de concentrarse en el fútbol, en un entorno que no lo obligó a elegir ni a competir por rankings antes de tiempo.
Chile tiene, en el papel, un punto de partida razonable para avanzar en esa dirección. La Ley 21.430 de Garantías de la Niñez, vigente desde 2022, obliga a considerar el interés superior del niño en todas las actividades que lo involucran, incluido el deporte. El problema es que ese principio legal todavía no se ha traducido en una normativa deportiva específica, como sí ocurre en Noruega. En la práctica, buena parte del fútbol formativo chileno sigue premiando la victoria temprana, la especialización a los diez u once años y la exposición constante a torneos con tabla de posiciones, bajo la presión de padres, clubes y, muchas veces, de las propias federaciones que necesitan mostrar resultados inmediatos. Es una cultura que confunde estar bien preparado a los doce años con tener futuro a los veinticinco.
Lo que Noruega está mostrando en este Mundial no es un golpe de suerte genético ni un capricho futbolístico. Es la consecuencia, con veinte años de retraso, de haber decidido proteger la infancia deportiva de sus jugadores antes de exigirles rendimiento. Chile puede tener el mismo punto de partida legal, pero mientras no traduzca ese principio en reglas concretas sobre cómo se compite, se selecciona y se presiona a los niños que juegan fútbol, seguirá formando promesas tempranas que se agotan antes de convertirse en algo parecido a lo que Noruega tiene hoy en el mundial de fútbol 2026.
Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB











