Salud emocional: cuando el malestar tiene causas sociales

ELPROA
El Diario de San Antonio

Hablar de bienestar emocional en Chile exige mirar más allá de lo que le ocurre a cada persona de manera individual y aislada. Durante mucho tiempo, el malestar ha sido interpretado como una dificultad personal, asociado a la falta de regulación emocional, baja tolerancia a la frustración, escasas habilidades socioemocionales o ausencia de estrategias de autocuidado. Sin embargo, esa mirada resulta insuficiente cuando observamos la vida cotidiana de las familias, comunidades educativas, espacios laborales y territorios, pues la salud mental no se construye solo en el interior de cada individuo; también depende de las condiciones materiales, relacionales e institucionales en que transcurre la vida.
Cuando un ser humano se siente sobrepasado, cuando una comunidad educativa evidencia cansancio o estudiantes expresan ansiedad, desmotivación o desconexión, no estamos únicamente frente a experiencias emocionales individuales. También podemos estar ante señales de vínculos debilitados, desigualdades persistentes, sobrecarga de cuidados, incertidumbre económica, precariedad laboral, violencia cotidiana y pérdida de sentido comunitario. Por ello, el bienestar emocional debe comprenderse como una experiencia social, situada y relacional.
La evidencia internacional muestra que el bienestar de las personas está profundamente vinculado a las condiciones en que nacen, crecen, estudian, trabajan, se relacionan y envejecen. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que los determinantes sociales influyen directamente en la calidad de vida, incluyendo educación, trabajo, protección social, vivienda, participación y acceso a recursos. En América Latina, esta discusión es especialmente relevante, porque las desigualdades territoriales y sociales inciden en la manera en que las personas sienten, se vinculan y proyectan su futuro.
El estar bien no puede reducirse a una competencia personal ni a un conjunto de técnicas para “manejar emociones”. Las competencias socioemocionales son importantes, pero deben comprenderse en diálogo con las condiciones en que las personas aprenden, trabajan, conviven y participan. Un estudio sobre metaconocimiento emocional autopercibido en estudiantes de enseñanza media, muestra que estas habilidades se relacionan con el bienestar estudiantil, convivencia educativa, participación y construcción de comunidades más inclusivas.
Este hallazgo confirma que la educación emocional no puede aplicarse como una receta homogénea. No es lo mismo acompañar a estudiantes de una escuela urbana que a jóvenes de una comunidad rural o costera.
Las investigaciones desarrolladas en educación superior señalan que las competencias emocionales son relevantes para la formación profesional, especialmente cuando los estudiantes enfrentan desigualdad, responsabilidades familiares, duelos, trabajo informal o trayectorias educativas marcadas por brechas previas. Pedir rendimiento sin ofrecer condiciones institucionales de acompañamiento es invisibilizar las causas sociales del malestar.
Por ello, una agenda pública de bienestar emocional no puede descansar únicamente en la resiliencia personal. Debe fortalecer la educación emocional, mejorar las condiciones laborales y de cuidado, promover comunidades participativas, generar sistemas de acompañamiento oportuno y reconocer que el bienestar depende también de vivienda, ingresos, seguridad, educación, tiempo, vínculos y acceso efectivo a derechos.

Yasna Anabalón
Académica Carrera de Trabajo Social
Universidad de Las Américas, Sede Concepción