País sísmico, la naturaleza avisa, pero no espera

ELPROA
El Diario de San Antonio

Mantener una buena cultura sísmica es un acto de solidaridad y responsabilidad civil. No basta con que los que vivieron el último gran terremoto sepan qué hacer; ese conocimiento debe heredarse a las nuevas generaciones como un hábito cotidiano, tan natural como ponerse el cinturón de seguridad al subir a un auto.
La cultura sísmica no es el miedo paralizante al próximo «gran terremoto», sino el conjunto de conocimientos, actitudes y prácticas que una sociedad adopta para convivir de forma segura con el riesgo sismológico. No se trata de reaccionar cuando el suelo ya se está moviendo, sino de cómo vivimos antes de que eso ocurra.
Una sociedad consciente entiende que los terremotos no matan personas, sí, los colapsos de infraestructuras deficientes. La cultura sísmica presiona a los ciudadanos y autoridades a respetar estrictamente las normas de construcción sismorresistente. Un edificio bien diseñado no es un lujo, es una garantía de supervivencia. Los simulacros periódicos en escuelas, oficinas y barrios no son una pérdida de tiempo; son la herramienta clave para automatizar las vías de evacuación y mantener los protocolos frescos en la mente de todos.
A fin de cuentas, la resiliencia de un país no se mide por la fuerza del sismo que la sacude, sino por la velocidad y la templanza con la que su gente se pone de pie. Para ello es fundamental recordar varias recomendaciones como tener una mochila de emergencia actualizada, asegurar los muebles altos a las paredes y, quizás lo más importante, diseñar un plan de enlace familiar para comunicarse cuando las redes telefónicas colapsan.

Uwe Rohwedder Gremler
Decano Ingeniería y Arquitectura,U.Central