Mío, tuyo, nuestro

Debido a una larga y rebelde alergia un médico le recomendó a mi madre baños de barro en las Termas de Mamiña, ubicadas estas en pleno altiplano andino frente a Iquique.
Estuvimos en el lugar durante cuarenta y cinco tediosos días.
En uno de ellos salí a vagabundear por los alrededores con un par de ocasionales amigos de la zona. Caminamos entre plantíos de choclos y cítricos por unas estrechas veredas. Cada tanto una pequeña hortaliza.
Ya de regreso mis amigos literalmente «cosecharon» aquí y allá.
Creí robaban. Hicieron ver mi error. No era apropiación. Entre los indios Aymaraes la propiedad de la tierra era grupal. Las herramientas de trabajo eran posesión individual.
Muchos años después descubriría que esa división de la propiedad entre grupal e individual es parte básica del concepto de propiedad que divulgara el marxismo.
Todo hace suponer que en el principio de los tiempos la distribución y propiedad de los bienes tenía ese espíritu. La tierra es de todos. Los utensilios no. Incluso las familia solían ser grupales…no atomizadas como hoy. Los hijos eran de todas las mujeres del grupo.
Ahora bien. Tal como hoy entendemos la propiedad privada, escasamente influyente y profundamente excluyente, se lo debemos, al menos en Occidente al surgimiento del Feudalismo.
Sin embargo era especialmente practicado por los ricos burgueses y nobles que se construían viviendas amuralladas.
Los reyes llegaron más lejos, sus propiedades eran pequeñas ciudadelas casi completamente auto sustentables.
Los pobres, más allá de sus murallas aún eran cooperativistas.
Durante la Segunda Guerra Mundial llamó la atención de los uniformados norteamericanos a cargo de los soldados alemanes prisioneros de guerra que, mientras los soldados no se hacían problemas por ocupar los espacios comunes a los que se veían obligados a compartir, los oficiales en cambio, que permanecían detenidos en áreas especiales para ellos, con un patio común pero celdas dormitorios para cada cuatro de ellos se daban maña para dividir esos pequeños espacios de no más de unos nueve metros cuadrados en cuatro habitáculos perfectamente diferenciados haciendo uso de trapos, frazadas, sacos y cuanta cosa sirviera a tal propósito.
En el otro extremo del planeta las fuerzas de ocupación yankys vivieron la misma experiencia con los soldados nipones apresados por estos.
En nuestros días, cual más, cual menos, las naciones que se dispersan por el planeta tienen desde un concepto cooperativista, grupal de la propiedad privada hasta el que nos parece «natural» entre nosotros, los herederos de la tradición judeocristiana cristiana, diferenciamos entre propiedad pública (estatal) y privada (personal) y esta misma definida como el «conjunto de derechos de las personas y empresas a obtener, poseer, controlar, emplear, disponer y dejar de herencia el capital».
Pero va aún más allá. Creo y defienden con especial rigor, la propiedad intelectual que protege, dicho en sencillo, aquello que es producto de la creatividad humana, en el ámbito de las artes, la ciencia y la técnica
Y es precisamente en el vocablo «capital» donde está la madre del cordero del conflicto que hoy tiene enfrentados al gobierno (evidentemente filomarxista) y la oposición (sin duda neocapitalista).
El Congreso acaba de aprobar la llamada Ley sobre usurpación y las vías mediante las cuales los afectados pueden recuperar lo escamoteado o defenderse de un intento de toma.
Les provoca especial resquemor que la ley establece que será legal la recuperación de bienes inmuebles por mano propia. Sea ésta una casa, sitio o un terreno de grandes dimensiones.
El gobierno insiste en que se debe dejar que las instituciones funcionen. Que son los tribunales y las policías, mandatados por ellos, los encargados de llevar a cabo las acciones de desalojo y devolución de lo usurpado.
Pero aquí hay una cuestión política, ideológica de por medio. Este gobierno no ve con malos ojos (incluso operadores políticos de los partidos de gobiernos, especialmente del Partido Comunista organizan y alientan) las tomas de terreno. Inclusive, sin mayor disimulo, reconocidos abogados de aquello que llamamos «de los DDHH defienden a los pobladores de las tomas de terreno logrando alargar eternamente cualquier resolución de los tribunales al respecto.
La idea es ganar por cansancio a los legítimos propietarios para que terminen cediendo a las presiones del Minvu, vender sus paños tomados para que este lotee oficialmente, entregue títulos de dominio a los pobladores que «robaron» ese mismo sitio que el chileno de clase media compra. Sobre el que construye luego de salvar los vericuetos de los Departamentos de Obras Municipales y onerosos pagos de los correspondientes permisos.
El gobierno quiere evitar que la «recuperación de tierras» mapuche termine a balazos o que los campamentos sean atacados con bombas incendiarias a manos de sicarios que ofrecen por Internet sus servicios para sacar de terrenos tomados a los ocupantes ilegales al más puro Far West.
Entonces el presidente Boric ha decidido vetar el proyecto de ley lo que era absolutamente esperable.
Ya vivimos una época en que desde el mismo gobierno se alentaba la toma de terrenos solo que en el tiempo de la UP eran predios agrícolas.
Pero en definitiva la izquierda siempre verá con buenos ojos toda acción de escamoteo de bienes que perjudique, dañe a la burguesía y al capitalista, sus atavicos y declarados enemigos.

Alejandro Iglesias