Trump como marca y mercancía
Desde el marketing y la comunicación persuasiva, productos y servicios no son muy diferentes de las personas y sus atributos, esto permite que los usuarios del último modelo de automóvil, los clientes del banco con mejores tasas y los simpatizantes del candidato de turno posean varios elementos en común. A este tenor algunos ejemplos.
En Amsterdam el hotel “Hans Brinker Budget” ostenta el título de ser el peor hospedaje del mundo, sus publicaciones presumen de ser un lugar frío, sucio y mal iluminado, y sus huéspedes espetan comentarios como: “son los mejores no escuchando quejas” o “una estación de autobuses ofrece mejores condiciones para una noche”.
En Australia, por su parte, el restaurante “Karen´s Diner” se ufana de ofrecer sabrosas hamburguesas, pero odiar el buen servicio. Aquí los meseros son groseros, avientan los pedidos y hasta extraen comida de los platos para engullirla frente a sus propios comensales.
Si cree que estas experiencias han sido experimentos de marketing irresponsables, se equivoca, por el contrario, ambos sitios son todo un éxito y son visitados por conspicuos clientes que lucen satisfechos, aunque sus toallas no sean cambiadas en varios días o sus menús tarden más de la cuenta porque quien les tomó el pedido duerme una siesta.
La última fotografía tomada a Donald Trump, en la ciudad de Atlanta y como detenido, es otro poderoso ejemplo que el peor de los escenarios o condiciones pueden transformarse en una brecha para reforzar los atributos diferenciadores de una marca, en este caso del “personal branding” o marca personal. En el contexto del expresidente de EE.UU. el asunto es todavía más extremo, pues no solo hablamos de un registro que podría avergonzar a cualquier ciudadano, sino de un elemento que ya está convertido en souvenir de campaña para las elecciones de 2024.
Los estrategas detrás de este político aspiran con esto un cambio semiótico orgánico, una permutación de significado que atraiga simpatías desde la mirada subjetiva que ve a Trump en el rol de la víctima injusta, pero más allá de la imagen transliterada y convertida en mercancía, está también el sujeto declarante y su fotografía simbólica, ahora convertida en arma política, un discurso icónico de ceño fruncido que aspira a futuro convertir el desprestigio en bandera de lucha y futura reivindicación personal.
No es de extrañar entonces que estos artilugios de comunicación finamente diseñados, estos juegos semánticos, permitan a estos discursos y sus imágenes, polémicas o no, honrosas o no, ser apropiadas por los mercados con propósitos distintos a su fuente original. Nunca una simple fotografía hizo tan patente aquello de valer más de mil palabras, nunca la flaqueza había permutado en tan flagrante poder.
Maciel Campos Director Escuela de Publicidad de Relaciones Públicas Universidad de Las Américas











